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domingo, 17 de enero de 2016

EL BRUJO DE JUAN VICENTE GOMEZ: Eloy Tarazona y el misterio del tesoro de Gómez - El Indio Tarazona: Omnipotente e insustituible fiel sirviente



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Rafael Simón Jimenéz

rafaelsimonjimenez@hotmail.com
Eloy Tarazona fue el hombre de mayor confianza e intimidad del temible dictador Juan Vicente Gómez. Bajo de estatura, de facciones indígenas, había nacido en el departamento de Boyacá, en la vecina Colombia en 1880, y habitando en la fronteriza población de Cúcuta, se sumó en mayo de 1899, a la invasión promovida por los generales Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez, para asaltar el poder en Venezuela, siendo incorporado como oficial del batallón Junín de aquellas variopintas tropas que acompañaban a los jefes andinos.
Cuando Juan Vicente Gómez se hace dueño del poder, aprovechando la forzada ausencia de su compadre y jefe de Estado Cipriano Castro en diciembre de 1908, Eloy Tarazona comienza a aparecer como inseparable del nuevo gobernante, su nombramiento como edecán del Presidente, es sólo una formalidad, pues de hecho es ordenanza, mandadero, depositario de secretos y guardián diurno y nocturno del zamarro y desconfiado Presidente, que lo convierte en su confidente y hombre de confianza.
A la muerte del anciano dictador, Tarazona es preso y exiliado del país, previa incautación de sus bienes, y se residencia en la población de Chinacota, Norte de Santander, donde desde abajo reemprende faenas agrícolas, mientras en Venezuela comienza a correr con fuerza la leyenda del tesoro enterrado del general Gómez, del que sólo su espaldero sabría con certidumbre la ubicación. El propio Tarazona en su ignorancia y elementalidad se hace eco del rumor tratando de ganar importancia para volver a Venezuela y tratar de rescatar su patrimonio.
Llegada la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, el “indio” Tarazona, ya anciano, recibe en su refugio fronterizo la visita de tres funcionarios, que se dicen portavoces del Gobierno de Venezuela y que le ofrecen todo tipo de garantías y seguridades para su retorno al territorio nacional, ingenuo el viejo edecán gomecista cae en la trampa y al no más llegar a San Cristóbal, se le declara preso y se le traslada a Caracas, donde los organismos represivos del régimen no ahorran vejámenes y crueldades para que les confiese la ubicación del tesoro del general Gómez.
La terrible cárcel del cerro de “Obispos” es el reclusorio asignado al anciano, que se consume entre los malos tratos, negándose a revelar el supuesto secreto del tesoro. Se le aplican hasta sesiones de hipnosis, para tratar de que bajo el trance de la inconsciencia declare la ubicación del prodigioso entierro. Ningún método, ni el hambre y los maltratos logran aflojarle la lengua, mientras a los otros presos, o a carceleros generosos, que se atreven furtivamente a socorrerlo en su estrecho calabozo, el hombre de confianza del dictador de la mulera los deleita con historias reales o imaginarias sobre el verdadero destino del “tesoro” de Gómez.
Tarazona afirmaba, a sus improvisados contertulios, que en efecto el tesoro, del general, existía, y que el mismo estaba contenido en cajas de madera forradas en metal inoxidables, donde se habían depositado veinte millones de bolívares, en monedas de oro, ocho cajas llenas de prendas, y numerosos regalos de los más preciados obsequiados al dictador y que el depósito construido para contenerlo, se hizo con paredes de concreto, que se cubrieron de tierra y luego de vegetación para que pasara totalmente desapercibido.
Entre incrédulos y atraídos por los relatos del famélico Tarazona, más de uno de los que ocasionalmente tenían acceso a su calabozo, presos políticos, comunes o carceleros, le pidieron ubicar el sitio donde se había guardado el “tesoro”, el hombre de ojos achinados y tez morena, demacrado por el rigor carcelario, declaraba que su pacto de silencio con su antiguo patrón era sagrado por lo que bajo ninguna circunstancia accedería a revelarlo.
Secuestrado, sin acusación ni juicio alguno ni derecho a la defensa, acosado por el hambre y abandonado a su suerte, con su salud cada vez más deteriorada, Tarazona fabulaba, mientras renegaba de su infortunio, la proximidad de su fin lo hizo según sus palabras relevar su compromiso de silencio con su antiguo jefe, atreviéndose a señalar, a sus auxiliantes y compañeros de prisión, el sitio del fabuloso entierro, que ubicaba en la hacienda San Jacinto, una de las tantas propiedades del dictador en los valles aragüeños. Quienes atraídos por el relato del hombre de confianza del dictador se atrevieron a desplazarse al sitio indicado, se encontraron con que sobre el terreno a que el infidente había hecho referencia se había construido una edificación militar, lo que impedía verificar la información reforzando las dudas y conjeturas sobre el tesoro del general Gómez.
Tarazona murió en prisión, el 28 de octubre de 1951, y se llevo a la tumba el verdadero secreto, de si había en efecto existido el tan codiciado tesoro, o si solo eran producto de las imaginaciones y fábulas construida en torno a la inmensa fortuna atribuida al dictador.
El Indio Tarazona: Omnipotente e insustituible fiel sirviente

A raíz de la gravedad y muerte del general Juan Vicente Gómez, hubo muchas reuniones sigilosas entre los jefes militares sobre lo que acontecería ante lo que todos esperaban en cualquier momento y el tema de la sucesión presidencial era inevitable. La movilización de personalidades de un sitio a otro era notoria, especialmente la del coronel Eloy Tarazona, el ayudante personal del general Gómez y fiel sirviente, visitando cuarteles y a los jefes militares para sondear opiniones. Al ocurrir el deceso del Benemérito el 17 de diciembre a las 11:30 de la noche, una de las primeras medidas que tomó el general Eleazar López Contreras, quien asumió el poder, fue detener al mencionado oficial. Así una comisión lo interceptó procediendo a trasladarlo a un área de seguridad. Ante tal suceso Tarazona exclamó indignado: ¡Caramba, yo sabía que al morir el general Gómez iban a comenzar los abusos en este país!..

Lo cierto es que aparte de sus finados hermanos don Juancho y la señorita Regina y los Gómez Núñez, ninguno de sus otros familiares gozaba de influencia alguna en el ánimo del general Gómez, quienes muchas veces hasta para obtener permiso de su progenitor para asistir a unas carreras de caballos o una corrida de toros, en Caracas, tenía que valerse de terceras personas. En cambio Tarazona sí era favorecido con ese privilegio, que el consentido servidor utilizaba, tanto para meter como para sacer gente de la cárcel y también para hacer el bien en ocasiones, dicho sea en justicia, pues a pesar de sus principios de maldad, alguna vez habría tenido sus rasgos de bondad; que el hombre, por perverso que sea, alguna virtud debe tener.

La influencia de Tarazona, era notoria y era el único que en todo momento pudo disponer a su arbitrio de los productos derivados de la agricultura y la cría, fomentada de sus vaqueras y otras zonas, sin que nadie osara atravesársele, ni aún los mismos familiares del jefe, quienes cuando en determinadas circunstancias se encontraban con que tal o cual cosa había sido ordenada por el coronel Eloy, se contrariaban pero respetaban sus decisiones.
Entre aquello la señorita Regina era una de las que no veía con buenos ojos a Tarazona.

A ella la exasperaban cuando le informaban de sus abusos, pero no se atrevía a decirle nada a su hermano, por no causarle desagrados y porque dada situación omnímoda de aquel, juzgaba inútil ir contra él; más un mediodía en que almorzaban con fraternal cordialidad, la señorita Regina en la confianza en que el general Gómez oía con confianza sus insinuaciones y la complacía siempre en sus deseos, se atrevió a decirle, entre otras cosas que “ya no era posible aguantar más a Tarazona, que quería mandar más que el mismo y que con su arbitraria conducta le había hecho pasar muchos malos ratos. Rogándole finalmente que lo quitara.

Oída con cierta indiferencia por el general Gómez las observaciones de su hermana le contestó con visible contrariedad, ¡Ajá¡ entonces lo que tú quieres es yo quite a Eloy ¿no?, pues búscame uno igual.

La historia nos cuenta que ya fallecido Gómez, tiempo después Tarazona fue deportado a Colombia, luego volvió al país bajo engaño para buscar el tesoro enterrado que tanto se hablaba en aquel entonces, lo obligaron a recorrer muchos sitios aledaños a Maracay, donde presuntamente de hallaban las morocota , pero todo resultó infructuoso. Murió pobre, enfermo, sin ningún familiar que velara por él, enloquecido y abandonado en la cárcel del Obispo en Caracas el año 1953. En torno a su figura se han tejido una halo de misterio e historias entres las que figura el hecho que dormía atravesado a la puerta del dormitorio del Jefe, que probaba primero las comidas antes de servirse a la mesa presidencial, de permanente estado de alerta, de su absurda crueldad y no dejó familiar conocido. Su nombre recobró notoriedad cuando salió al aire por TV hace ya varios años la novela” Gómez”, acaparando una gran sintonía y protagonizada magistralmente por el recordado actor Rafael Briceño. Volveremos con más recuerdos…
 
El Indio Tarazona siguiendo al general Gómez y pendiente de cualquier cosa. También aparece el Dr. Juan Bautista Pérez, a quien el pueblo llamaba irónicamente, Juan Bobo mientras Gómez era Juan Vivo.

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